jueves, 2 de diciembre de 2010

Capítulo 38: ¿Sentimientos?

Desperté con la buena noticia que Julia me trajo: podía irme ya. Nada más pronunció esas palabras, yo comencé a vestirme para dirigirme a mi habitación. Ella me tendió los papeles con mi nivel de potasio y todas esas cosas en sangre en un enorme sobre amarillo. Al momento ya estaba subiendo las escaleras con la idea de salir fuera a correr aunque fuera tan solo una vuelta a la manzana. Tenía la sensación de necesitar el aire que los árboles me traían, como el maná. Además, las inmensas ganas que tenía de estirar las piernas no eran normales. Sin que nadie me viera, me vestí con un chándal y me escabullí del internado por el hueco olvidado que utilizamos para salir el día de la fiesta en el bosque, ya que la puerta se encontraba cerrada a cal y canto.
Salí caminando a zancadas, poco a poco subí el ritmo y sin darme cuenta estaba corriendo por la mitad del bosque. Traté de ubicarme buscando el claro, pero al final llegué a otra parte en la que nunca había estado. Como no me desagradó, decidí descansar allí mismo, mirando el nuevo entorno con suma atención.

Era extraño, estar en aquella explanada por la que nunca había pasado… Y eso que el bosque no era demasiado grande. Entonces recordé el río. Sí, jamás se me había ocurrida buscar el río. ¿Qué tal si lo buscaba? Esa idea me pareció perfecta, así de paso conocía la zona. Paseé posando el oído en cualquier ruido que se asemejara al del agua. Anduve hasta que por fin escuché algo que se le parecía… Me encaminé hacia allí y di en el clavo. Delante de mí unos enormes cañaverales escondían un río de aguas limpias que caían de una diminuta cascada, todo rodeado de enormes piedras en las que poder sentarte. Me senté en un pedral un tanto empinado a ver fluir el agua, a sentir el viento chocando contra las cañas. Al final cerré los ojos para respirar hondo, dejando de pensar.
Al rato de estar tranquilamente en ese lugar apacible, el móvil comenzó a sonar sin descanso. Me pregunté con rabia para qué lo había traído, mirando la pantalla, observando que era un número desconocido. Pensé que ya se cansaría de llamar, pero no hubo pausa, así que opté por cogerlo y colgar lo antes posible.
- ¿Dígame?
- ¿Dónde estás?- preguntó una voz al otro lado.
- ¿April?
- Te he preguntado que dónde estás.- repitió.
- Estoy… En la enfermería.
- Tartamudeas. Eso quiere decir que no estás en la enfermería.
- Que sí- mentí- Y yo no tartamudeo.
- Acabo de ver a Julia y te ha dado el alta. Qué dónde estás, no me hagas preguntártelo otra vez.
- Lejos. No me encontrarías.- le insistí.
- Prueba a ver. Dime dónde te encuentras.
- En el bosque, pero no estoy en el claro.
- Pues ven aquí.
- ¿Para qué?
- ¿Tan importante es estar ahí en medio de la nada?- preguntó con algo de enfado en la voz.
- Sí, ahora es lo que quiero.
- Me da igual, que vengas ya.
- ¿Tan grave es que no puede esperar un rato?
- No.
- ¿Y por qué me llamas a mí? Seguramente tendrás a un séquito que nada más chasques los dedos aparezcan delante de ti. Déjame en paz.
- No me cuelgues, ¿eh? Ni…
Antes de que acabara la frase, colgué el teléfono. Es más, lo apagué del todo, en ese instante no quería molestias de ningún tipo. Solo yo y el viento eran suficiente.
Exactamente no se cuánto tiempo me quedé en ese lugar, pero cuando lo vi conveniente continué el camino corriendo, total, nadie iba castigar a una enferma. Corrí y sin saber cómo, llegué al claro. Me paré en seco recuperando el aliento, mirando alrededor, tratando de encontrar el sendero de vuelta al internado. Fijé la vista en él y apoyé mis manos en mis rodillas para coger aire. De golpe y sin saber cómo, algo se me abalanzó haciéndome caer encima del rugoso suelo repleto de hojas, palos, todo tipo de bichos…
- ¡Coño! ¡Casi se me sale el corazón del pecho, por dios!- grité a pleno pulmón.
- Te jodes. Esto es lo que pasa por colgarme el teléfono.
- ¡Estás completamente loca!- chillé intentando zafarme de ella- ¡Suelta! ¡Que me ahogas, levántate de encima!
Para mi sorpresa April me hizo caso y se quitó de encima. Con desconfianza la observé desde abajo antes de levantarme también, sacudiéndome el pantalón de todas las hojas pegadas a mí.
- ¿Qué se supone que haces aquí?- pregunté algo más calmada.
- Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.- contestó.
- ¿Has venido aquí después de que te colgara?- miré la hora. Había pasado cerca una hora larga.
- ¿No te cansas nunca de preguntar tanto?- añadió con cara de asco.
- ¿Sabes qué? Tienes razón.
Pasé por su lado emprendiendo la carrera otra vez. Confiaba en que ella se quedara quieta en su sitio, pero eso hubiese sido demasiado fácil. De nuevo se abalanzó sobre mí haciendo que perdiera el equilibrio y cayera, esta vez, encima de ella.
- ¡Mierda, April! ¿¡Te has propuesto romperme una pierna o qué!?
- Pues hazme caso de una puta vez- añadió agarrándome del antebrazo y acercándome hacia su cara.
- ¿Eres consciente de la actitud de niña repelente que estás teniendo?- dije deshaciéndome de su mano.
Por enésima vez me puse en pie. Sin embargo esta vez, ella se quedó tendida en el suelo. Di unos pasos hacia atrás por si acaso la idea era cogerme del pie para tirarme una vez más al suelo, pero ni se inmutó. No se movió del sitio.
- No creas que porque no te levantes voy a estar aquí pendiente de ti- repliqué.
- Bien, pues lárgate- dijo tajante.
Desaparecí entre los matojos siguiendo el camino que me sabía de memoria para volver al Internado. A mitad de camino me frené, me llamé imbécil y retrocedía hasta el claro para ver qué estaba haciendo. Ella solo se había incorporado lo bastante como para estar sentada.
- Joder April…- caminé hacia ella- Dime qué quieres, así terminaremos esto antes de que me vuelvas loca.
- Nada. Simplemente…- calló antes de terminar.
- Simplemente, ¿qué?- increpé.
Se levantó del suelo pausadamente sin contestar a mi pregunta, algo a lo que poco a poco me iba acostumbrando. Callada, se dio la vuelta fijando su mirada en la mía.
- Me parece que estoy algo cansada…- dijo por fin andando hacia donde yo estaba.
- ¿De qué exactamente? ¿De estar tumbada en la cama sin hacer nada o de quedar con distintas chicas día tras día?- pregunté con ironía.
- Un poco de todo- afirmó con una leve sonrisa.
De un salto se colocó frente a mí. Había algo en su mirada que me decía que no estaba del todo bien. Dentro de lo normal hubiera sido decirme alguna mala palabra por su parte, pero esta vez solo contestaba frases cortas y casi sin sentido.
- Ya se que no vas a responder, pero… ¿Te encuentras bien?- ella tan solo me apresó de las caderas, atrayéndome una vez más hacia su cuerpo- Estás algo pálida…- finalicé mirándola a los ojos.
En efecto, no contestó. Siguió acercándose hasta que nuestros labios se toparon. Sin embargo ésta vez no fue un beso cálido, sino más bien frío. Incluso su tacto en lugar de soltar ese calor típico de ella, estaba un poco helado.
- Hoy estás demasiado extraña hasta para mí… No pareces tú.-dije con algo de preocupación oculta.
- No parezco yo…- dijo en un susurro inaudible.
Se separó de mí y se revolvió el pelo, pensativa.
- Necesito evadirme. Creo que es lo que me toca ahora.- añadió mientras resoplaba.
- ¿Eso qué quiere decir?- pregunté con curiosidad.
- Digamos que yo también necesito mi propio claro de bosque…-terminó suspirando.
- Tienes el escondite.
- No es lo mismo, Cristel…
- ¿Por qué? A mí me encanta.
- ¿Tú que sientes cuando estás aquí?- quiso saber- Cuando te sientas en el tronco ese y te quedas sola tanto tiempo… ¿Qué es eso que te hace sentir tan bien que puedas pasarte horas y horas contemplando el mismo espacio durante un largo rato? Que te haga olvidar casi quién eres…
- ¿Me lo estás preguntando enserio?- me dirigió una mirada bastante seria- Pues, la verdad… No tengo ni idea. Simplemente es… Indescriptible. Es una sensación que me embarga, como de paz. Como si este sitio limpiara todos los pensamientos que no me sirven, como si arramblara con todo aquello que me molesta o cansa.
- Y en el escondite, ¿te ocurre lo mismo?
- Bueno, es más mágico, por decirlo de alguna forma… De noche parece que el tiempo se pare.
April caminó a mí alrededor hasta que por fin se estuvo quieta y se sentó en el tronco roído.
- Yo… Quiero eso. Quiero poder dejar el mundo a un lado como lo haces tú. Quisiera ser invisible por un día. Dejar que otros se ocuparan de ciertas cosas. Me gustaría sentirme como tú te sientes cuando observas detenidamente los árboles, aunque ya los hayas visto el día anterior.
En aquel momento me hubiese gustado tener un espejo para poder ver mi cara de asombro al escuchar todas las palabras que salían de su boca. No me lo podía creer… No me podía creer que April, la dura y fría April estuviera hablando de todo eso de verdad.
- Pero April… Creía… No sé, que a ti estas cosas, pues como que no. Que tu vida era perfecta para ti. Es decir, eres tan… Bueno, quiero decir que… En fin, que tú…
Había veces que una vocecilla interior me decía una y otra vez ‘¿Pero para qué abres esa bocaza? Con lo guapa que estás callada’. Y no le hacía caso. ¿Por qué demonios no le hacía caso? Decididamente, animar no era uno de mis fuertes.
- Lo es. Seguramente todas las chicas del mundo matarían por estar en mi piel. Soy inteligente, guapa, perseverante, perfecta y tengo los ojos azules…
- Y no tienes abuela- reafirmé aguantándome la risa.
- Ni tengo abuela, ni tengo familia- finalizó sonriendo.
- Vaya… Pensaba que tu padre…
- ¿Mi padre? No existe. ¿Mi madre? Tampoco existe. ¿Hermanas? No tengo… Salvo una torpe hermanastra que lo único que hace es decirme lo que tengo o no tengo que hacer.
- ¿Y eso te hace feliz?- pregunté. Yo tenía hermanos, teníamos nuestros más o nuestros menos, pero al fin y al cabo, éramos hermanos.
- ¿Feliz? La felicidad es un mito, Cristel.- clavó sus ojos en los míos- ¿De verdad crees que alguien puede morirse de amor por otra persona, por ejemplo? Que va. El mundo está demasiado ocupado girando. La gente va a su rollo, sin percatarse de nadie más que no sean ellos mismos.
- Es muy triste que pienses así.
- Nadie me ha demostrado lo contrario…
- ¿Ni siquiera Nico?
- ¿Nicholas?- rió- Ni siquiera Nicholas.
- No me lo creo. Apostaría lo que fuera que él si te lo ha demostrado muchas veces. Infinidad de veces, me atrevería a decir.
- ¿Por qué crees eso?
- Por su forma de ser. Por su forma de dar consejos, de hablar… Incluso por su forma de mirar podría deducir que ha hecho un montón de cosas por ti.
- Puede que él piense que sí, por eso nunca le he querido quitar la ilusión.- finalizó riendo.
Ella cogió un palo del suelo y se puso a juguetear con él. Dijera lo que dijera, aquella April que tenía delante no era la de siempre.
- Me gustaría que me respondieras… Em… Hoy estás un tanto…
- Si supieras la rabia que me da cuando te pones a tar-tar… Tartamudear.- dijo enfadada.
- Yo no tartamudeo, solo que…- la miré- Prefiero pensar las palabras antes de que las vuelvas contra mí.
- Pensar, pensar, pensar… ¡Siempre pensar! ¿Has probado en no hacerlo tanto?
- ¿Y tú has probado en hacerlo?
- Estoy harta de tus preguntitas.
- Si te fastidian tantas cosas de mí, no entiendo por qué razón no me dejas ni a sol ni a sombra.
- Tal vez lo tendría que hacer, porque cada vez que hablo contigo se me pone un dolor de cabeza…- dijo apoyando la frente en una de sus piernas.
Caminé hacia el tronco para recriminarle, pero al final me callé y me senté a su lado en completo silencio.
- Realmente la mayoría de gente se iría al decirles esto- añadió con la cabeza aún agachada.
- ¿Es lo que pretendes?
Ella solo se encogió de hombros. Verdaderamente, April o bien era bipolar o solo me tomaba el pelo por diversión.
- De todas maneras me estás contando parte de tu vida… ¿A qué se debe semejante honor?- pregunte irónicamente.
- ¿Quién te dice que esa sea mi vida?- alzó la vista hacia la nada- Mi vida, en teoría, no existe…
- Enserio, este ‘tú’ tan melancólico me está asustando… De hecho creo que me asusta más que el tú de siempre.
- Puf… Me siento mal… Creo que no debería haber bebido tanto- afirmó tumbándose a lo largo en el tronco, casi tirándome de donde yo estaba sentada.
- ¿Anoche bebiste? ¿Cuánto?
- ¡Yo que se!... Bebí y punto. Lo que pasa es que esta mañana también lo he hecho y ahora…
- Mira que eres tonta- le reñí.
- Eso, tú ahora, como buena madre, échame un sermón.
- A ver que yo me entere… ¿Se supone que porque estás en ese estado, me estás contando algo de tu vida?
- Soy plenamente consciente de lo que te estoy contando, pero… Sí, se supone que algo influye.
- Vaya, tendré que plantearme seriamente emborracharte cada vez que quiera saber más de ti.
- Dudo que puedas seguir mi ritmo. Antes entras en un coma etílico.
- ¿Nadie te ha dicho nunca que tienes una enorme facilidad para destacar en las cosas más inservibles?
- No, pero tú has tardado más de la cuenta en decírmelo…
- A veces me da por pensar que debería haber hecho caso mi padre cuando me quiso cambiar de internado. Lo más probable es que mi vida continuaría en su sitio y tú no estarías tocándome la moral a cada minuto.
- Me aburres- dijo incorporándose- Además, hubiese dado contigo igualmente.
- Eso sí que tiene gracia. Decididamente estás muy borracha.
- ¿Por qué? ¿Lo dudas?- preguntó fijando sus ojos en los míos.
- Esta vez soy yo la que cree que la conversación está durando demasiado.
- ¿Qué dudas exactamente?
- ¿Que qué dudo?- pregunté riendo.
- ¿Acaso sabes la razón que tuve para venir aquí?
- ¿Acaso te has picado por algo?
- No me he picado por nada. Pero si no sabes de lo que hablas, mejor cállate.
- ¡Hombre! Ya decía que la verdadera April tardaba en dar señales de vida.
- Paso de ti. Me largo a dormir.
Se levantó rápidamente del tronco, tiró el palo con el que jugaba bien lejos y emprendió el camino hacia el sendero. Al poco de adentrarse, sacó la cabeza.
- ¿Vienes o qué? Que se venir pero no volver, joder.