Era jueves. Un delicioso jueves lluvioso, encapotado, con relámpagos que cruzaban el cielo totalmente gris. Desde el lunes lo único interesante fue el espectacular apagón de una hora del miércoles, en el cual todo el mundo pareció divertirse excepto yo. ¿Por qué? Porque todo el mundo tenía a su compañera o compañero en la cama de al lado para hacer tonterías, mientras que yo solo tenía la oscuridad y una ventana que gracias a mi amiga la luna, reflejaba un centenar de sombras unidas a unos extraños ruidos que decidieron aparecer justamente ese día a esa hora. Sí, estuve acojonada esa hora. No encontré la linterna y ni se me pasó por la cabeza salir al pasillo. Busqué el móvil a tientas en la mesa, dentro de la mochila… Nada. Así que me quedé en la cama una interminable hora pendiente de todo y respirando a fondo por si tenía que gritar. ¡Lo que se dice una estupenda noche! ¡Sí señor!
- Te llamé al móvil para que vinieras conmigo.- añadió Paula.
- ¿Me ves con cara de haber ido a tu habitación por el pasillo a oscuras?
- Bueno, pues hubiese ido yo a hacerte compañía…
- ¿No sabes que las chicas fáciles mueren las primeras?
Paula me arreó un puñetazo en el brazo, pero no pudo con mi risa, así que se fue refunfuñando a su sitio.
Instintivamente miré el sitio de April. Todavía no había llegado. Entre el martes y el miércoles la llegué a ver como mucho dos veces, el resto del día no se sabía nada de su paradero. No entendía porqué me sentía tan mal, como si hubiese hecho algo que no debiera, la misma sensación que se siente cuando haces una cosa que está mal… Pero no lo hice aposta. De todas maneras no se me iba de la cabeza su imagen, sus ojos. ¿Le tendría que pedir disculpas? Negué con la cabeza. Ella era tan orgullosa que seguramente ni las aceptaría. ¿Y qué? Mejor así. Se acabaría por fin su acoso, su continua intromisión, todo. Si estaba tranquila, ¿por qué me seguía preguntando qué hacer?
En cuanto sonó el timbre salí presurosa de clase. Necesitaba respirar aire, meditar lo que tuviera que meditar en silencio, barajando cada posible acción o cada palabra. Tenía que dejar de pensar tanto… Lo único que quería era tomar una decisión: podía intentar verla o… Podía dejar las cosas como estaban. ‘Lo más lógico e inteligente’ dijo un vocecilla interior. Pero April no era lógica. ¿Por qué tendría que serlo yo? ¿Y si por una vez yo me dejase llevar por lo ilógico? ¿A dónde me llevaría? Me senté en un rincón tapado con algunos arbustos y hundí mi cara entre las piernas. ¿Cuál era la razón de sentirme así? No me sentía incompleta. Tampoco vacía. Ni habían ‘mariposas’, ni nada. ¿Entonces? ¿Qué era?
- ¡Ey!- dijo alguien- Hola…-añadió con una voz más suave.
Levanté la cabeza y saludé a aquella sombra que no distinguía por el reflejo del sol.
- Perdona que te haya seguido hasta aquí. Es que me ha parecido verte algo desanimada… Pero si prefieres quedarte sola, me voy.
- Tranquilo. Puedes quedarte.
Nico se sentó a mi lado, metió la mano en uno de sus bolsillos, sacó un paquete recién abierto de tabaco y con suma delicadeza, se llevó un cigarrillo a los labios.
- ¿Te importa que…?
- Fuma si quieres- dije con una sonrisa forzada.
- Yo no suelo fumar, ¿sabes? Solo lo hago cuando estoy preocupado o nervioso… O preocupado y nervioso a la vez. O alterado… ¿Te parezco alterado? ¡No me lo digas! Hay veces que es mejor no saber…
Reí. Fue una risa fugaz, porque al momento todo estuvo en silencio. De nuevo mi cabeza haciendo preguntas difíciles de contestar.
- ¿Cuál es tu excusa?- me miró- ¿Qué te hace querer al viento como único oyente de tus pensamientos?
- No lo se muy bien…
- Deberías saber que el viento es el chivato de la naturaleza. ‘Las palabras se las lleva el viento’ no es solo un refrán. Es cierto, pero nunca lleva las palabras correctas porque al intentarlo, las desordena. Desordena las frases, sus significados. Por lo tanto desordena el sentimiento de cada letra pronunciada.
- Quizás a veces sea lo mejor. Las palabras son solo palabras, así que el viento puede salvarnos de ilusiones nulas al pronunciar mal el mensaje.
- Nada que se le confíe al viento sale del todo mal. Si tú lloras a solas, él transporta tu llanto hasta encontrar a quién te hace llorar. Si ríes, transporta tu risa a cualquiera que necesite reír. Si hablas, él intenta que esas letras vuelen en su interior hasta que el destino quiera que esas palabras sean escuchadas.
- Eso es muy filosófico hasta para ti.
- Tal vez- dijo riendo- Pero la vida me ha enseñado que todo tiene su cara…
- ¿Y la cruz?
- La cruz es la que tú estés dispuesta a transportar. No hay nadie que te diga cómo sentirte. Si haces algo mal y crees que debes hacer algo al respecto, tienes que hacerlo porque así lo sientes, porque así lo quieres tú. Porque así te sentirás bien contigo misma. No por otra cosa.
- Si fuera tan simple todo…
- Lo es… Al final siempre lo es- dijo dando la última calada al cigarro.
- ¿Tú que haces cuando no estás seguro de algo?
- Ir con cuidado. Pero ir, al fin y al cabo.- suspiró- Cris, no vivimos para siempre. Hay miles de cosas que se nos escapan, miles de pensamientos, sentimientos que no llegaremos a entender solo porque nadie ha vivido lo suficiente para explorarlos, ni tan solo para poder explicarlos. De todos esos, conocemos los ‘corrientes’, que serían el amor y el dolor. ¿Tú crees que es posible distinguir otros entre medio de esos dos?
- Creo que son extremos muy distintos.
- ¿Dónde clasificarías el amor hacia un hermano o hermana? ¿O el de un amigo o amiga de toda la vida? ¿El de tu hija o hijo? ¿Todos esos se calificarían como ‘amor’?
- Por todos esos seguramente, dieses la vida. No hay diferencia: una misma palabra engloba distintos términos.
- ¿Y el odio?
- El odio es una parte del dolor.
- No siempre. Tú puedes odiar a alguien sin que te haya hecho nada.
- Eso no es odio. Para odiar de verdad antes hay que querer.
- ¿Entonces? Si dices que ese sentimiento no es odio, ¿qué es?
- Pues…
¿Una sensación? No. ¿Podría tener razón Nico? Si no era odio propiamente dicho, ¿qué sería entonces?
- Agh…- dije en un suspiro.
- ¿Qué pasa?- preguntó sonriendo.
- Que me acabas de liar más de lo que estaba- le contesté fingiendo un enfado.
- Al menos no has perdido el sentido del humor. Eso es buena señal. Significa que el problema tiene solución.
Enterró la colilla en el suelo, se levantó y se sacudió el uniforme. Me tendió la mano para ayudarme. Una vez de pie, le miré.
- ¿Y cual era tu preocupación que te hacía fumar?
- Ná, ya está arreglado. Esa preocupación depende de otra y la otra ya se encuentra bien.
Le miré con cara de no entender ni una palabra. Rió al mismo tiempo que pasaba su brazo por mis hombros y me arrastraba hasta salir del rincón.
- Nos vemos Cris.
Seguía sin saber qué hacer. ¿O esa frase era solo una pantalla de humo para no hacer lo que de verdad quería? Estaba claro que tenía que averiguarlo antes de que la cabeza me estallara.
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