viernes, 10 de septiembre de 2010

Capítulo 29: Una noche de Locos

Regresé a la mesa con Paula dándole vueltas a lo que había ocurrido momentos antes.
- ¿Dónde te has ido a dejar la bandeja? ¿O es que la has limpiado tú misma?- preguntó Paula un poco mosqueada.
- Me he distraído…
- Vaya… ¿Por qué no me extraña? Últimamente es lo único que haces.
- Déjame, lo que menos me hace falta eres tú haciendo de mi conciencia.- le reprendí.
- ¡Tranquila, que me parece que yo no te haré de nada a partir de hoy!
Se levantó de la mesa y desapareció entre la gente bandeja en mano. Bayron se me quedó mirando.
- ¿Y tú qué? ¿También crees lo mismo que ella?- pregunté con algo de enfado.
- Yo… No digo nada.- y siguió comiendo.
Por mi parte, me cansé de estar allí, necesitaba silencio en esos momentos, así que me fui a mi habitación. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Paula se había ido y a mí ni siquiera se me había pasado por la cabeza el ir a buscarla. ‘Cris, te vas superando cada día’ pensé en mi fuero interno.
A lo lejos vi una figura que me resultó familiar… Tal vez hablando con alguien llegara a una respuesta.
- ¡Nico!- grité.
Él se guardó algo en el bolsillo, se frenó y esperó pacientemente mi llegada con aquella seductora sonrisa de la que hacía gala siempre. El día que le faltara eso, creo que su esencia desaparecería y significaría que algo va mal. Pero que muy mal.
- Hola, Cris. ¿Me llamabas?
- Em… Sí. Es que te he visto… Espero que no te importe- me disculpé.
- ¡Qué va! Ahora no tengo nada importante que hacer.- me miró- ¿Qué tal si damos un paseo?
Sonreí. Empezamos a caminar hacia la salida, esquivando a gente que iba en contra dirección.
- ¿Y bien? ¿Qué tal te va todo?- preguntó él galantemente.
- Bien- musité.
- ¿Cómo está tu amiga? Con la que compartías habitación.
- ¿Lara? Mañana le darán el alta.
- Me alegro- sonrió- Aunque creo que lo que quieres es hablar de algo en concreto, ¿verdad?
- Algo así… Pero es que no sé cómo plantearlo.
- ¿Pierdes algo?- preguntó directo, como si supiera de que fuera la cosa.
- ¿Qué?
- Si pierdes algo por hacer lo que quieras hacer.
- No quiero- apresuré a corregir- Y puede que si pierda algo…
- ¿Ganas alguna cosa?
- No, creo que no.
- Entonces ya sabes la respuesta. ¿Por qué sigues dudando?- me encogí de hombros- A veces la gente necesita equivocarse. Si no te equivocas, no sabes que a la próxima no debes ir por esa senda.
- Pero es que ya sé que no debo ir por esa senda.
- Entiendo. Lo que quieres evitar es equivocarte, sentir que podrías haber evitado el daño… ¿No te has parado a pensar que en el proceso de encontrar la senda, caminar por ella, tropezar, seguir y caer definitivamente, es lo que hace divertido el camino?
- Lo que no me gustaría sería que la senda guiara mi camino.
- ¡Ah, vale! Tú eres de las que prefiere atravesar el bosque en perpendicular y pasar entre todos los matojos, ¿no?
Nos pusimos a reír. La verdad era que quizás las reflexiones de Nico no me ayudaban del todo, pero tenía que decir que eran bastante divertidas.
- No te compliques la vida, Cris. Creo firmemente que no eres de las personas que comenten un error tan grande que no se pueda reparar. Eres lista, sabrás salir de cualquier problema que se te presente.
- Gracias Nico.
- Si no te importa, yo me quedo aquí que he de esperar a un amigo. Espero haberte ayudado.
- Claro- reí- Gracias de nuevo, ojo que todo lo ve.
Él río mientras me daba la vuelta para irme definitivamente a mi cuarto.

Solo llegar me tiré encima de la cama y así estuve un rato hasta que decidí darme un largo baño. Me ordené a mí misma que hasta que no estuviera como una pasa, no saldría de allí.
Hundí la cabeza en el agua, ajena a todos los ruidos que hacía la gente, dejando la mente en blanco, respirando acompasadamente en un intento de relajarme. Escuché unos ruidos a los que no di importancia. Después de unos minutos, afloraron de nuevo más fuertes, pero seguí sin hacer caso, hasta que el ruido se hizo más que evidente. Saqué la cabeza del agua y observé todo el baño. Ni rastro de nada.
- Me estoy volviendo loca…
Dije a la vez que me hundía de nuevo en el agua templada. Cerré los ojos, encerrándome en mi mundo. Sentí una cosa. No sabía qué era, pero algo me decía que lo que fuera, no tenía que estar ahí. Abrí los ojos poco a poco. Ante mí, una sombra fue cogiendo forma… ¿Quién era? Traté de incorporarme sin éxito. Estaba como paralizada. La sombra estiró el brazo y poco a poco se fue acercando. Quise gritar o levantarme de golpe… Todo era inútil. No servía para nada porque aquella cosa no se frenaba, solo continuaba su camino. De pronto me costó respirar, noté cómo algo apretaba mi cabeza procurándome un dolor increíblemente fuerte. Me ahogaba… Me ahogaba y no podía hacer nada por salvarme…
- Yo lo intenté… Ahora es tu turno- dijo una voz melodiosa antes de que todo fuera silencio sumergido en oscuridad.

Desperté de golpe y me incorporé como un muelle encima de la cama. Por mi frente bajaba una gota de sudor frío que despareció cuando pasé mi brazo por ella, exhausta, asustada, convenciéndome de que todo había sido un sueño, pues yacía en mi cama con el pijama puesto y al mirar el reloj, me di cuenta que eran más de la una. Inspiré y expiré buscando una explicación al hecho de no acordarme de nada: ni de haber salido de la ducha ni de acostarme en la cama. Apoyé mis manos en la cara haciendo el esfuerzo de recordar algo, en vano… A mi cabeza no venía ninguna imagen. Era como cuando despiertas de un sueño recordándolo todo y al levantarte, se te ha olvidado. Pero la cabeza me dolía, me daba vueltas, y notaba una extraña sensación en la boca del estómago. Encendí las luces para cerciorarme de que estaba sola. Estaba desvelada, ahora con tanto pensar no iba a poder conciliar el sueño. Necesitaba evadirme de aquella pesadilla, así que cogí las primeras zapatillas que encontré y sin ni siquiera atármelas, me dirigí a los pasillos. Quizás caminando pudiera despejarme además de cansarme lo suficiente para tener sueño.

Anduve de arriba a bajo, subí, bajé escaleras. Me senté a mirar la noche desde una de las ventanas antes de escuchar unos pasos. Rápidamente conseguí esconderme, porque se suponía que a estas horas no se podía salir de la habitación, pero en ese momento mi cabeza lo requería de verdad. Pasó un profesor que no pude distinguir. En cuanto se perdió en el fondo del pasillo, empecé a subir escaleras sin darme cuenta de cuales eran… Me sorprendí sentada en el último escalón del último piso. Quise irme, pero una vocecilla interior me incitó a ir al escondite: ‘Con suerte, si ella no está…’ pensé caminando ya hasta el despacho, abriendo la puerta, buscando la dichosa obertura e intentando hacer el mínimo sonido posible. Llegué delante de la roída puerta y entré en la oscura habitación, tan solo iluminada por un halo de luz que provenía de aquel enorme ventanal, tapado débilmente con unas cortinas nuevas. Di al interruptor el cual encendió algunas de las bombillas que andaban distribuidas malamente por el cuarto.
Ahora entendía por qué a April le gustaba tanto ese lugar… Era mágico. O al menos lo era de noche. Aparté la cortina y la luz de la luna lo invadió prácticamente todo. El bosque desde aquella altura se asemejaba al de las películas de terror, moviéndose al compás del viento, con las palomas ululando en las copas de los árboles.

Casi hechizada por ese paisaje, me senté al lado del ventanal dispuesta a no pensar en nada, solo a dejarme llevar por los miles de ruidos que el viento traía consigo. Respiré hondo y pude comprobar con asombro cómo mi cuerpo se iba relajando, cómo mi mente se despejaba, cómo de pronto, todo estaba bien… Sonreí hacia mis adentros. Así me quedé durante unos minutos, no se exactamente cuantos fueron, ni tampoco me importó averiguarlo. Al cabo de un tiempo, percibí el conocido baile de la obertura abriéndose y unos pasos dirigiéndose hacia el ahora iluminado cuarto.

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