April se extrañó de verme ahí, pero no dijo nada. Solo cogió su cuaderno, se tumbó en la cama y se puso a escribir, todo aquello en un sepulcral silencio.
Era tal la sensación de paz, que si agudizaba bien el oído, lograba escuchar la rozadura del bolígrafo con el papel. Reí al darme cuenta del escrito de April: ‘¿Deseas que te amen?’ Ella me miró a causa de la risa.
- ¿Deseas que te amen?- empecé a recitar.
Nunca pierdas, entonces,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser,
y aquello que simulas, jamás serás.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el Amor... un sencillo deber.
Aunque intentó esconderlo me miró con curiosidad.
- Edgar Allan Poe- sonreí- Un gran escritor, ¿no crees?
Cerró la libreta y la dejó encima de la cama junto al boli. Sin levantarse continuaba contemplándome.
- No sabía que te gustaran los poemas.
- Y no me gustan. Solo escribía.- contestó con desgana.
- ¿Cómo es que te lo sabes de memoria?
- Lo he copiado.
- ¿De dónde, si no tenías ningún libro en las manos?
- Estaba a medio terminar.
- No es cierto, lo has escrito desde el principio.
April se levantó de la cama. Dar explicaciones no le gustaba nada de nada. Mi vista continuaba presa del embrujo de la noche.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó ella molesta.
- No podía dormir.- giré la cabeza para encontrarme con sus ojos- ¿Y tú? ¿Nunca duermes o qué?
- No es asunto tuyo.
- Imaginaba que estarías de fiesta con tu amiga rubia.
- Ya ves que no.
- ¿Quieres que me vaya?- pregunté esperando alguna respuesta que me hiciera irme.
- Haz lo que quieras.- sentenció.
- ¿Por qué te comportas de esta forma?
- No me comporto de ninguna forma.
- Lo haces. Te comportas de una manera muy desagradable.
- Nadie te obliga a aguantarme.
- ¿En la cena no querías violarme?
- ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
- La cualidad que tienes para separar las cosas según te convenga, da miedo, ¿lo sabías?
- Cuando me acuesto con alguien no espero que esté ahí cuando me despierte. Mucho menos que me cuente sus problemas.
- ¿Tampoco te interesan los míos?
- ¿Has perdido algún apunte? ¡No, espera! ¿Se te han emborronado los deberes?- preguntó con ironía.
- Muy graciosa. Apúntate a monologuista.
Nuestro amigo el silencio incómodo hizo su aparición de nuevo. Dejé de mirar por la ventana dispuesta a irme a mi habitación, ya que allí no pintaba nada, tan solo parecía molestarla.
- ¿Dónde vas?- preguntó cuando me vio cerca de la puerta- Si te quieres quedar, con que estés callada, sobra.
- ¿Es tu manera de pedirme que me quede?
- No, ya te he dicho antes que hicieras lo que quisieras.- reprochó April.
- Pues eso hago: irme. A no ser que quieras lo contrario.- ella solo calló- ¿Quién calla otorga?- pregunté sonriendo.
April miró hacia un lado cruzada de brazos.
- Vale, lo dejaremos así.- dije riendo.
Caminé hacia ella hasta que nuestros ojos se cruzaron.
- ¿Estás bien?- pregunté ocultando mi preocupación.
- ¿Por qué no iba a estarlo?
- Te fuiste corriendo del comedor.
- ¿Y qué?
- ¿Ahora sí puedo tocarte? ¿Y acercarme a ti?
- ¿Eso quieres?
- No lo sé… ¿Me dejas averiguarlo?
- Luego la loca soy yo. Pues al menos la loca sabe lo que quiere y no está cambiando de opinión cada día.
- Refréscame la memoria. ¿Me quieres a mí?
- Sino tienes por ahí una hermana gemela- me agarró de la cintura y me atrajo hasta ella- Sí. Es a ti a quién quiero.
- Pero… ¿Y si yo quiero a otra persona?- pregunté.
- A ver si lo adivino… ¿Karol quizás?
- O Eric- añadí en un tono inocente.
- No hagas esto, Cristel.- advirtió.
- ¿Qué no haga el qué?
- Ponerme a prueba. No lo intentes, no me gustaría que acabaras mal…
- ¿Amenazas otra vez?
- Son hechos. Me conozco. Sé que si haces esto podría perderme... Así que no me induzcas a pensar esa clase de cosas, porque no terminará bien.
Sus ojos ennegrecieron un poco, y su penetrante mirada invadió mis pupilas. Se separó de mí y caminó hasta la mesita de noche, cuando llegó hasta ella dio de nuevo la vuelta. April se llevó el pulgar a la boca en un acto que aplacara o le distrajera de esas imágenes incesantes que golpeaban su cabeza. De pronto se pegó a mí y me empujó contra la pared al mismo tiempo que me daba un beso rudo y largo.
- ¿A qué viene este arrebato?- pregunté confundida.
- No es ningún arrebato, es lo que he deseado hacer desde hace tiempo… Entiéndelo, no lo puedo aguantar más.
- April…
- ¡No! Esto concluye aquí. Necesito que seas mía por fin, necesito poseerte en tu totalidad. No soporto ni un día más pensando con quién estás o dejas de estar.
- Yo no…
- Esto se ha alargado mucho… No resisto esta situación, te tengo día y noche en mi cabeza, y solo quiero controlarte, hacer que dejes a esa niñata que te gusta tanto… El simple hecho de imaginarte con ella me hacer hervir la sangre. Tan solo con el hecho de creer que te haya podido tocar antes que yo me supera. No voy a permitir que ella me gane. ¡No lo voy a hacer!
- Esto no es ninguna competición- contesté como pude.
- Es igual. Contigo todo es difícil. Y no quiero, no puedo apartarte a un lado, porque desde que bajaste de aquel coche fuiste únicamente mía. Aunque tú no lo supieras. Solo mía…
Apresó mi cadera mientras volvía a besarme. Estaba echa un lío… Ella me atraía hacia su cuerpo controlando cada movimiento. No podía hacer nada, estaba desarmada.
Sus manos en un par de movimientos se deshicieron de la camiseta, dejándome medio desnuda a la luz de aquella impresionante luna. Después le siguieron mis pantalones y cuando me quise dar cuenta, estaba en la cama, con el cuerpo de April cubriendo ligeramente el mío. Sentía su aliento recorrer mi cuello, frenarse en mi oído, bajar hasta mis labios. Notaba sus jadeos como parte de los míos, sin embargo, no podía evitar esa sensación que te dice que algo no va bien…
Rozó su brazo con mi mano y pude comprobar todo el calor que desprendía su cuerpo. Como el día del desmayo, en la enfermería. Su piel quemaba como una llama.
- April… Ardes- dije con la respiración entrecortada.
Pero ella no oía mis palabras… Ella estaba absolutamente enloquecida, no escuchaba nada, no atendía a razones… Seguía su instinto jugando conmigo. Acarició bruscamente mi pierna hasta que en una de aquellas clavó sus uñas en mi muslo.
- ¡Ah!- grité… De nuevo su piel ardiendo- April… Para… Tienes que parar… ¡Para!- chillé consiguiendo que se incorporara.
Fijó sus ojos en los míos. Me miraba, pero yo sabía que andaba perdida. Esa mirada, esos ojos tan oscurecidos, no eran una buena señal. Nada más se separó me apresuré a ponerle la mano en la frente y a tocarle de nuevo el brazo.
- Estás ardiendo… Esto no puede estar bien. Tenemos que ir a la enfermería a que te vea Julia.
- No…- dijo con un hilo de voz- Se me… Pasará.
- Quemas. April, se podrías derretir un hielo con tu piel… Por favor.
Tragó saliva y se levantó precipitadamente de la cama, dirigiéndose al ventanal, el cual abrió lo suficiente para que entrara aire.
Una ráfaga de viento inundó por un segundo la instancia. April seguía inmóvil delante de la ventana, observando la nada. El viento revolvía ligeramente su pelo azabache, el cual bailaba una danza silenciosa. Opté por levantarme también y acercarme a ella. Estaba de pie, quieta, con la cabeza apoyada en uno de sus brazos en el marco del ventanal, perdida en su mundo…
- ¿April?- pregunté en voz baja.
- Estoy bien. Ahora quiero estar sola- dijo en un tono autoritario.
- Ni en broma te voy a dejar aquí sola… Y menos con esa fiebre.
- Que estés o no aquí no soluciona el problema. Así que lárgate.
- ¿Entonces qué lo soluciona?
- Tú no- finalizó.
- Siempre haces igual, pero si te crees que por tratarme mal voy a irme, lo llevas claro.
Le agarré de la muñeca para obligarla a darse la vuelta. Era increíble, aún continuaba ardiendo, como si fuera la última brasa rebelde que se niega a apagarse en una hoguera. Enseguida se soltó de mi mano con un gesto de enfado.
- ¿Qué haces? ¡No me toques!- gritó.
- Necesitas ayuda.
- ¡Lo que necesito es que desaparezcas de mi vista!
Añadió sentándose en el bordillo de la ventana. Descansó su espalda en el cristal y agachó su cabeza mientras con sus manos cubría su cara. Era la primera vez en mi vida que sentía que no tenía la respuesta acertada. Tenía que hacer algo, pero no sabía ni por dónde empezar… Ella no se dejaba ayudar y a eso se le sumaba que aquella fiebre anormal no desaparecía.
Me agaché hasta ponerme a su altura.
- ¿Qué puedo hacer?- pregunté- Dime qué puedo hacer para que te baje la fiebre… Y lo haré. Pero por favor April, si no funciona, déjame llevarte con Julia. Te lo pido por favor.- dije casi rogando.
- No tienes por qué estar conmigo. Qué estés cerca solo empeora las cosas.
- ¿Dices que el estar así es culpa mía?- no contestó- ¿Es mi culpa, April?
- ¡Deja ya de hablar! ¡A ver si te enteras que no hace falta que me tengas lástima!
Apoyé una de mis manos en su rodilla. Pude notar cómo aquel grito vino acompañado de un acelerón de su corazón. Le latía a toda prisa.
- Mírame a los ojos…- alcé su cabeza hasta que mis ojos se encontraron con los suyos- Estoy aquí contigo, April. Solo contigo. Únicamente contigo, ¿de acuerdo? Y no me marcho no porque te tenga lástima, sino porque estoy preocupada por ti.
Besé sus labios ardientes en un intento de que reaccionara, para bien o para mal, pero que lo hiciera antes de que me preocupara ya de verdad. Apartó la cara bruscamente y se levantó dándome de nuevo la espalada.
- Esto no está bien… No funciona así- dijo en un susurro casi inaudible.
- ¿De qué hablas?
- Me cuesta… Respirar- volvió a susurrar.
Se agarró el estómago con ambas manos y flexionó su cuerpo poco a poco hasta que acabó de rodillas en el suelo. Desde donde estaba pude ver cómo brillaba su cara a causa del sudor. Ahora una gota le recorría un lado de la cara. Fui rápida a su encuentro sin saber qué podía hacer por ella. Le rodeé con mis brazos por detrás.
- April, tengo miedo…-le dije tratando de ser creíble- Tengo miedo de perderte.
Ella tan solo profirió un medio grito ahogado.
- Ni siquiera me conoces. ¿Cómo vas a tener miedo de algo así?
- No sé… Te juro que no lo sé, pero hay algo que me une a ti y no tengo ni idea de qué es… Me induce a estar contigo a pensar en ti a cada minuto. Me da lo mismo conocerte o no. Tan solo siento que me necesitas más de lo que haces ver…
- Hace tiempo que dejé de necesitar a… Alguien.
- Pero es que yo no soy ‘alguien’- contesté.
Le apreté más fuerte contra mí. Parecía que el ardor iba desapareciendo, aunque no del todo, sí un poco. Noté cómo le costaba tragar saliva y cómo su corazón se iba calmando al mismo tiempo que su piel dejaba de estar caliente.
- Cristel… Suéltame- ordenó.
- ¿Por qué?
- Hazlo- volvió a ordenar.
Me aparté de ella poniéndome de pie casi con un salto. Ella se levantó del suelo poco a poco, despacio, sin hacer movimientos violentos, bajo mi atenta mirada que no dejaba de examinarla de arriba a bajo por lo que pudiera pasar. Comprobé desde la distancia que ya respiraba bien, sin embargo, sus ojos seguían de un tono oscuro. Se pasó una mano por la cabeza, y respiró profundamente: estaba aún mareada.
- Para de mirarme así.- dijo molesta.
- ¿Cómo te miro?
- Como si te importara.- contestó fríamente.
Caminó pausadamente hasta la cama, dónde se tumbó con un brazo tapándole la cara y con una de sus piernas flexionada. Crucé mis brazos pensando en qué hacer: si quedarme, irme, hablarle, callarme… ¿Por qué era todo tan sumamente complicado? ¿Por qué April era tan sumamente complicada?
- No te quedes ahí plantada, si te quieres ir, vete. Nadie te obliga a ser mi niñera.- añadió desde la cama.
Llegué al otro lado de la cama y me senté de espaladas a ella. Desconfiaba de dejarla allí sola por si le pasaba otra vez… Además, recordé el sueño tan extraño que había tenido estando sola en la habitación, así que prefería quedarme en ese cuarto, si a April no le importaba, claro.
- ¿Puedo… Quedarme?- pregunté titubeando.
- ¿Tienes miedo de estar a solas en la oscuridad de tu habitación o qué?
- Algo así.
- No me gusta compartir cama- sentenció lo más tajante que pudo.
- Dormiré en el suelo- concluí.
- Vete a la mierda, Cristel.
- ¿No tienes más argumentos para rebatirme?
- ¿Sabes qué? Haz lo que te de la gana, pero no quiero oírte en toda la noche.
Me recosté en el lado izquierdo de aquella grandísima cama, intentando que mi brazo, pierna o cualquier otra extremidad no invadieran su espacio.
- ¿Seguro que ya estás bien?- pregunté.
- ¿Qué es lo que te he dicho? Apaga la puta luz y cállate.
- ¿En ese orden?
Ella pegó un bufido de cansancio y se dio la vuelta. La imité, pero hasta que no supe que se había dormido, no cerré los ojos.
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